Rumiñahui - La novela

La historia detrás de la historia...

Esta novela nació mucho antes de que empezara a escribirla. Durante años fue solo una idea insistente, una voz que regresaba cada tanto y me recordaba que aún tenía algo pendiente por contar. No sabía exactamente qué forma tendría, pero sí que hablaba de nuestras raíces, de la memoria y de lo que aún late en los Andes, aunque el tiempo intente borrarlo.

 

Curiosamente, fue la música la que me abrió el camino. A través de ella descubrí paisajes, tradiciones y sonidos que me revelaron un mundo lleno de simbolismo y belleza: la voz de los pueblos ancestrales, las huellas de los abuelos que nunca conocimos y los ecos de los dioses que aún habitan las montañas.

 

De esa mezcla de historia, mito y emoción surgió “Rumiñahui. Los últimos días”. No es una crónica académica, sino una ficción que intenta imaginar lo que tal vez no quedó escrito: el rostro humano detrás del mito. Las crónicas contaron al guerrero, pero no al hombre. Yo quise mirar más allá —sus dudas, su fe, su amor, su rabia— para entender su silencio y su sacrificio.

 

Escribir esta historia fue, más que un proyecto literario, una forma diferente de alzar la voz y volver la mirada hacia quienes resistieron y soñaron antes que nosotros. Y si al leerla logras sentir, aunque sea por un momento, esa conexión con nuestra historia y con esta tierra que sigue hablándonos, entonces el viaje habrá valido la pena.

RUMIÑAHUI

LOS ÚLTIMOS DÍAS

 Hugo Iñiguez Miranda

 

Rumiñahui: el caudillo

¿Quién fue en realidad Rumiñahui?

En la memoria colectiva de los Andes, el nombre Rumiñahui —a veces también transcrito en las crónicas como Orominabi— resuena como símbolo de resistencia. Pero más allá del mito, ¿quién fue este hombre que se alzó para sostener el último aliento del imperio?

 

Los documentos históricos no permiten fijar con certeza su origen, pero la tradición lo ubica como nacido a finales del siglo XV en la región norte de lo que hoy es Ecuador, quizá en los valles de Píllaro o sus alrededores, hijo del Inca Huayna Cápac y de la Princesa Nary Ati. Sin embargo, algunos historiadores modernos sostienen que Rumiñahui habría nacido en el Cuzco y que llegó al norte como parte del ejército de Huayna Cápac, estableciéndose luego en el territorio que más tarde defendería con su vida.

Sobre su nombre original hay silencio; lo que sí se registró fue su apelativo militar: Rumiñahui, del quechua rumi (piedra) + ñawi (ojo o rostro) —“ojo de piedra” o “rostro de piedra”—, un nombre cargado de presencia, digno de un guerrero que no retrocedía.

 

Los cronistas hispánicos lo identificaron también, en algunas fuentes, como Orominabi o Irruminabi, variaciones que apuntan a la diversidad de voces que lo describieron en su momento.

 

Su papel en el Imperio Inca fue el de capitán o general de muy alto rango, próximo al emperador Atahualpa. Las fuentes más aceptadas lo sitúan como jefe militar de la región norte del Tahuantinsuyo, defensor de la antigua ciudad de Quito, encargado de las fuerzas que debían frenar el avance español una vez que los hilos del poder se estremecieron.

 

En 1532-33, tras la captura de Atahualpa, Rumiñahui asumió la dirección de la resistencia. No se trató sólo de combatir; fue también de organizar, de proteger, de ocultar lo que pudo para evitar que el tesoro del imperio cayera en manos invasoras, y de sostener la esperanza de un mundo que se desmoronaba. Antes de la entrada española en Quito en julio de 1534, según diferentes fuentes, dio la orden de incendiar la ciudad y esconder los tesoros, al entender que eran más dignos de las cenizas que del saqueo.

 

La historiadora Tamara Estupiñán ha planteado una interpretación profundamente simbólica: que el “tesoro de Atahualpa” que Rumiñahui custodió con tanto celo no era de oro ni de plata, sino de sangre —el linaje del Inca, los hijos legítimos de Atahualpa—, a quienes habría intentado proteger de la persecución española. Esta lectura, más humana y espiritual, añade un sentido distinto a su resistencia: no sólo defender bienes, sino preservar la continuidad de un pueblo.

 

La caída de su resistencia llevó a su captura en junio de 1535, cuando el Cabildo de Quito dejó constancia de que “se ha hecho justicia de ellos” refiriéndose a Rumiñahui (Orominabi) y otros líderes indígenas. El acto exacto de su ejecución no se documenta con claridad, así que la historia oficial lo registra como ­–aplicada justicia colonial el 25 de junio de 1535– mientras que la tradición lo coloca días antes.

 

Como caudillo, Rumiñahui no solo asumió la defensa de un imperio; asumió la defensa de la dignidad de un pueblo ante el irremisible avance de la conquista. Y aunque la historia lo presente muchas veces como arquetipo militar, su nombre sigue siendo invocación de algo más profundo: la piedra inamovible ante el devenir, el ojo que observa sin rendirse, la voz que dice “no pasarán” cuando todo parecía dicho.

Rumiñahui: el personaje

El Rumiñahui que habita mis páginas

El Rumiñahui de mi novela no es el héroe tallado en piedra que nos dejaron las crónicas. Es un hombre vivo. Un ser que duda, que ama, que sufre, que carga con el peso de una historia demasiado grande para un solo hombre.

 

Quise imaginarlo más allá de la imagen del guerrero o del símbolo patrio en el que lo hemos convertido. En él vi a un ser humano enfrentado al fin de su mundo: el silencio después del trueno, el eco de los templos vacíos, el miedo de ver cómo los dioses dejan de responder.

 

Mi Rumiñahui no pelea solo con espadas; pelea con la memoria, con la culpa, con la imposibilidad de salvarlo todo. En su mirada habita la contradicción del héroe que no busca gloria, sino sentido. Es leal a su pueblo, pero también a su conciencia.

 

A veces actúa con furia, otras con ternura. Es capaz de la violencia y del sacrificio, y también de la duda y de la fe. No es perfecto: es profundamente humano.

En su construcción busqué un equilibrio entre el mito y la intimidad. Le di voz interior, pensamientos, miedos. Le di también un amor espiritual que lo ata a la tierra, a sus ancestros, a la idea misma de resistencia... pero sin dejar nunca de pensar en los suyos. El temor de perder a quienes ama y la necesidad de protegerlos se enfrentan a su deber de defender un legado, y en esa lucha interna es donde radica su verdadera valentía.

 

Así nació el personaje: el Rumiñahui que no aparece en las crónicas, pero que quizá existió entre sus líneas. A través de él quise comprender lo que significa resistir cuando todo se ha perdido, vencer siendo vencido y cómo, a veces, el mayor acto de valor es guardar silencio y permanecer. Porque la imagen de valentía y resistencia que hoy da identidad a un país, nace también de su humanidad.

RUMIÑAHUI. LOS ÚLTIMOS DÍAS

2025 © Hugo Íñiguez Miranda (HIM)

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